Murió Popeye, asesinó a muchos, a él, lo mató el cáncer.

Fue uno de los mayores criminales que ha conocido el mundo. Pero de los pocos que supo explotar sus atrocidades para volverse un personaje popular. El sicario más famoso de Pablo Escobar tenía otra característica poco común entre el universo de los matones: jamás ocultaba su pasado, no le importaba relatar algunos asesinatos que ejecutó en los años más sanguinario del cártel de Medellín y de los que aún se acordaba. Cometió tantos, 300 con su propia mano y unos 3.000 como coordinador o conocedor de los planes, y así lo admitía, que resultaba imposible recordarlos todos.

También afirmaba, con absoluto descaro a EL MUNDO, que a él no le preocupaba asesinar a una mujer embarazada pero se negaba a matar niños y curas. «Que diga el patrón: vaya a matar a ese niño y yo ir a dispararle a la cabeza, no, de eso no soy capaz yo. Tampoco de matar a un sacerdote. Una vez íbamos a matar al obispo de Medellín, que estaba a favor de la extradición (de mafiosos a Estados Unidos), y el patrón me llamó a mí y le dije, naranjas, a mí esa sangre de cura no me gusta, yo soy muy rezandero».

John Jairo Velásquez -54 años, natural de Medellín, de familia de clase media alta, había sobrevivido a infinitas guerras entre mafiosos- falleció en la madrugada de este jueves en el Instituto Cancerológico Nacional, en el centro de Bogotá. Le habían trasladado al centro médico desde el penal La Picota el pasado 31 de diciembre de 2019, aquejado de un cáncer de esófago que había hecho metástasis. Este diario intentó entrevistarle en los últimos días, pero no fue posible dada su extrema gravedad.

Aunque había recobrado la libertad en 2014, tras pasar 23 años preso, volvieron a detenerle en mayo del 2018. Le acusaron de extorsionar a diferentes personas porque, supuestamente, no querían devolverle bienes que él había adquirido en sus años de sicario con dineros de la mafia.

«Hay una cosa muy clara, estoy retirado del crimen, pero si yo veo que vienen tres tipos a matarme, les doy más plomo que mi Dios paciencia. Prefiero morir en una lluvia de balas que enfermo», le dijo a este periódico en una de las ocasiones en que le entrevistó siendo ya hombre libre. «La psicología del penal me ha entrenado en que tengo que hacer la fila para pagar los servicios y si alguien se cuela, tengo que saber manejar la situación; si alguien me estruja o me dice: ‘viejo marica’, tengo que manejarlo. Si voy en mi automóvil y me choco, yo primero mataba porque estaba lleno de odio, pero ya no, no se puede».

La realidad es que nunca pudo ser nada diferente a un matón. Gracias a su carácter dicharachero y descarado, a su sinceridad en muchos aspectos, logró llevar a la televisión su vida y convertirse en un youtuber de gran popularidad.

La última vez que este diario habló con él, hace un par de años en Medellín, antes de que se conociera que andaba de nuevo delinquiendo, estaba molesto por las críticas que recibía. «¿Qué quieren? ¿Que vuelva a mi profesión?», se quejaba. Consideraba que era legítimo ganarse la vida rememorando sus andanzas con «el patrón» y comentando temas de actualidad.

Estaba convencido de que llegaría a viejo, que nunca le asesinaría alguno de sus muchos enemigos. Lo que jamás sospechó es que moriría de la manera que más temía, atado a una cama por una enfermedad larga y letal.

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