Mujeres de las que nadie habla, ni defienden, las prisioneras de Boko Haram.

Podría haberse quedado en su salón forrado de libros y chimenea, con las piernas calientes bajo la mesa, en la seguridad de su hogar en el barrio londinense de Knightsbridge donde es una leyenda y haber visto varios vídeos de Youtube, haber leído varios libros y haberse puesto a escribir con la documentación obtenida. Con 89 años, a Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) nadie iba a recriminárselo.

Pero Edna O’Brien, una anciana pequeña con la salud de cristal, es una escritora incómoda hasta para ella misma. Si quiere narrar cómo es la vida de una chica secuestrada por Boko Haram,  la secta yihadista del norte de Nigeria, no le basta con leer un poco sobre ello o preguntar a los que pasaron por allí. La chica (Editorial Lumen), que no es una novela canónica porque lo que cuenta no es ficción, comienza con esta frase: «En otro tiempo fui una chica, pero ya no lo soy. Huelo mal». Es imposible escribir esto si no has tenido delante a chicas secuestradas por esta milicia. Porque lo que más llama la atención, más allá del shock que permanece en su mirada, es su olor.

O’Brien se obsesionó con la historia de las 276 niñas de Chibok, aquel colegio asaltado por los salafistas armados en el año 2014 y se trasladó al norte de Nigeria para documentarse y entrevistar a alguna de las chicas que fueron liberadas, porque la mayoría siguen en manos de sus captores y en paradero desconocido. «Yo no soy como los periodistas. Ellos llegaban y luego se iban. Yo me quedé durante meses«, dice O’Brien, que reivindica permanecer en el lugar para ir a lo profundo y no quedarse en la anécdota. Sólo así puede revivir la noche del 14 de abril de 2014 en la aldea de Chibok, con las niñas escondidas en sus dormitorios entre detonaciones de disparos, gritos de niñas y el inconfundible «Alá es grande», aullado por los lobos armados de Boko Haram. El colegio ardiendo, los guardias muertos en el suelo, vehículos cargando a las secuestradas. Lágrimas.

La autora nos sube a los camiones de los terroristas hacia un lugar desconocido en medio de la noche, escoltados por yihadistas en moto. Las niñas deciden ir arrojando objetos por el camino para que el ejército nigeriano pueda seguir las pistas. Son las migas de pan de Pulgarcito en el infierno. Una sandalia, un lazo, un jirón de vestido. Algunas niñas se lanzan del camión a riesgo de morir atropelladas. Los captores las amenazan: la que trate de escapar recibirá una bala. Duermen al raso y tardan días en llegar a la guarida, sin comer y casi sin beber nada. Ya estarán marcadas por el trauma para siempre.

El estado de Borno pertenece a Boko Haram. Un puñado de ciudades están en manos del gobierno, pero ni siquiera ahí estás a salvo. Para un Occidental, Borno es como Afganistán. Abaya musulmana cubriendo cabeza y cuerpo de mujeres, calor que duele, nada de alcohol, movimientos restringidos, cristales tintados en los coches, controles militares por todos lados, decenas de miles de refugiados… Boko Haram, ese mal innombrable (la educación occidental es pecado, en idioma hausa) está en todos lados. De Boko Haram puede ser tu hermano, tu vecino, tu propio hijo. Dentro de las ciudades y fuera de ella. La pobreza convierte a todos los jóvenes en potenciales miembros de la secta. Ese es el ambiente de la novela de O’Brien, la opresión de saberse secuestrado y rodeado sin escapatoria, con el convencimiento de que la libertad es algo inalcanzable dentro o fuera del grupo terrorista. No es que Borno sea duro para una mujer de 89 años. Es que es terrible para cualquiera.

Adolscentes víctimas de Boko Haram acuden a una clínica móvil junto al lago Chad.

Cuando llegas desde el avión ya sabes que vas a un sitio especial. Todas las aldeas alrededor de la capital han sido arrasadas y sólo queda el muñón ennegrecido de lo que fueron. Tierra quemada aquí y allá.

La protagonista y narradora es Maryam, una niña secuestrada, violada por sus captores, casada a la fuerza con uno de ellos y madre de Babby, el hijo de su enemigo. A través de sus ojos vivimos la vida de la chica bajo horribles condiciones de cautiverio, ridiculizada por sus carceleros, que la llaman blasfema o leprosa, convertida en una concubina de fanáticos que sobrevive gracias a la relación que tiene con Buki, otra niña que viene de otro lugar pero cuya historia es la misma. Su relación recuerda a otros libros de la autora, como Las chicas del Campo, el primero de la trilogía de Kate y Baba, la obra que define su estilo, su lucha y su mundo.

Maryam sabe que tiene que convivir con el enemigo porque ve lo que les ha sucedido a las chicas que no han querido casarse con esos hombres de barba y vestimenta negra: comienzan un proceso de seis semanas de preparación para convertirse en niñas-bomba destinadas a apretar el botón de su chaleco de explosivos, oculto bajo la abaya, en mercados y escuelas donde los niños tardan horas en poder acceder al ser cacheados en busca de bombas uno por uno.

O’Brien se obsesionó con estas chicas cuando leyó la historia de una de ellas, encontrada caminando por el bosque desorientada y hambrienta con su bebé tras escapar de uno de los campamentos de los yihadistas. Entonces se decidió por dejar su realidad algodonosa en Londres y acudir a su particular corazón de las tinieblas. «Como escritora tienes que arriesgarte, tienes que esforzarte por no aburrirte a ti ni a tus lectores y eso sólo lo puedes hacer si intentas cosas nuevas«.

Lo más frustrante de esta historia oscura es que cada día se hace más grande, cada vez hay más niñas secuestradas por todo el territorio nigeriano, sin que nadie vuelva a posar en ridículos selfies con el cartelito #bringbackourgirls (Devolvednos a nuestras chicas) y sin que el ejército de su país sea capaz de frenarlo sin provocar aún más dolor.

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