Los uruguayos nos seguimos matando…

Los datos sobre suicidios en Uruguay  siguen encendiendo la luz roja sobre un fenómeno que continúa cobrándose vidas cada año.

En 2019, un promedio de dos personas cada día murieron por esta causa en el país.

Los números surgen del Informe Anual de Delitos divulgado el pasado viernes por el Ministerio del Interior.

La realidad indica que son más los uruguayos que mueren a causa del suicidio  que por accidentes de tránsito u homicidios.

705 personas se quitaron la vida en el periodo comprendido entre el 1º de enero al 31 de diciembre de 2019.

Menos de la mitad fueron las muertes como consecuencia de accidentes de tránsito (422) y aún menos como resultado de crímenes; 2019 cerró con 391 homicidios consumados, de acuerdo a los números oficiales.

La siguiente gráfica muestra una evolución creciente de las autoelimnaciones.

De hecho, el año pasado fue el que registró el número más alto de suicidios de los últimos seis años.

En 2013 habían sido 505, en 2014 550, en 2015 611, en 2016 638, en 2017 bajó a 608, en 2018 volvió a subir a 668 y en 2019 el saldo fue de 705.

Actualmente, la línea vida 0800-0767 gestionada por ASSE ofrece asistencia telefónica gratuita para la prevención de este fenómeno. Funciona las 24 horas los 365 días del año.

La información sobre el suicidio.

Los periodistas hemos estado, al menos desde el siglo XVIII, limitados en nuestra potestad de informar al público sobre este asunto. Hasta hace pocos años, por mandato legal o debido a las creencias mayoritarias, la noticia de una tentativa de suicidio o de un acto suicida sólo circulaba a través del comentario recatado de allegados; una acción individual, socialmente censurable o vergonzante, que no era del dominio público. El suicidio debía permanecer en el ámbito privado y, al menos en teoría, manejarse con suma discreción. Las autoridades sanitarias, por otra parte, buscaban que esa discreción se extendiera a la prensa. Existía el temor de que la divulgación masiva de los suicidios llevara a la imitación a otras personas vulnerables. En efecto, está comprobado que la difusión de los detalles y características de un caso, contribuye a una suerte de “contagio” en gente que sufre, que no sabe qué más hacer y que siente que no tiene a quién recurrir.

Lo llaman efecto “Werther”, por el nombre del protagonista de una novela de Goethe que se quita la vida por un drama amoroso: la publicación y la idealización de las circunstancias de un suicidio incitan a su réplica.

Los periodistas nos absteníamos, en general, de relevar estos hechos. Las salvedades eran, y son, los intentos o las auto eliminaciones de personas notorias o famosas; en esos casos se perdía, y se pierde, toda compostura y se solía, y se suele, competir para ver quién informa más y mejor sobre todas las minucias del suceso, para satisfacción de la curiosidad morbosa. Al describir estos casos, precisamente, es habitual que se simplifique y se atribuya la decisión trágica a una causa específica. Es un error: en verdad, los pensamientos de muerte, la ideación, la planificación, los intentos fallidos y la eventual ejecución, tienen, en absolutamente todos los casos, múltiples causas. En esta materia, entonces, simplificar es mentir, como casi siempre.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció recomendaciones para periodistas que deben reportar sobre el suicidio, para que sus notas no provoquen oleadas. En los últimos años también se ha comprobado que la información sobre este tema, según como se maneje, puede tener un efecto protector, benéfico. Ocurre que ocasionalmente una divulgación responsable contribuye a la disuasión y evita desenlaces letales. Ese otro efecto se llama Papageno, aludiendo al personaje de “La flauta mágica” de Mozart al que convencen de no matarse.

Tarea de todos

Pero en Uruguay no estamos ante una ola puntual, sino en un escenario nacional consolidado proclive a los suicidios. Entonces, las obligaciones exceden lo periodístico y abarcan a cada persona de la comunidad. Aquellos que tienen intención suicida suelen avisar mediante cambios en su comportamiento e, incluso, hablando de lo que están pensando hacer. Estar atentos al otro, percibir si algo singular ocurre, es el primer paso para, quizás, salvar una vida. El segundo paso: hablar. Es clave charlar cara a cara y con franqueza cuidadosa, preguntando sin vueltas si acaso son muy recurrentes los pensamientos de muerte.  Y si así es, resulta vital la consulta inmediata a un psiquiatra.

Lo que tenemos que hacer es prestarle atención y tiempo a las personas que nos rodean. Esa atención a los demás parece estar menguando en esta época donde, paradójicamente, todos podemos comunicarnos con todos en cualquier momento. Debemos ir a contramano del vértigo y lo impersonal, asumiendo que distintas formas de la depresión aquejan a más de 600.000 uruguayos. Conversar con tranquilidad y comprensión combate la tristeza patológica, esa melancolía profunda que liquida toda esperanza.

La desesperanza es uno de los estados de ánimo que puede coadyuvar en la catalización de la tragedia suicida.

En la vida periodística es imperativo comunicar bien. En nuestras peripecias individuales lo importante es comunicarnos bien.

Números duros

668 personas se mataron en Uruguay durante 2018.

En el pasado año fueron 705.

Cada 100.000 personas hubo en promedio 20,25 suicidios. Esa es nuestra tasa de suicidios: el doble del objetivo sanitario que ha fijado la OMS para  este 2020 y casi el doble que el promedio mundial.

Son números que deberían espantarnos y hacernos reaccionar, y sin embargo sólo los comentamos, y muy poco lo recordamos, lo hacemos  cuando nos muestran las cifras de cada año.

Nos alarmamos, con razón,  cuando  llegamos a 414 homicidios al año …y apenas si prestamos atención  ante muchas más autoeliminaciones: 705 . ¿Cómo se entiende esa contradicción?

¿Causas?

Puede ocurrir que no tengamos trabajo o que lo tenemos y nos pagan mal y tratan peor; que atravesamos problemas familiares y nuestra vida sufre alteraciones bruscas; quizás sentimos que nos golpea una economía que no nos da respiro no vemos salidas a nuestra situación  y sin perspectivas; capaz que padecemos una enfermedad crónica, o estamos desahuciados; tal vez no soportamos más violencia doméstica; o no nos comprenden nuestros padres, nuestros hijos o amigos; o nos perturba el sol que se ausenta o la grisura que está presente; en una de esas hay desamor, o demasiado amor, o soledad. De repente por una desafortunada articulación química o por el abandono de Dios. Pueden ser tantas las  cosas que nos pasan, pero no hay otra cosa que la vida con sus  luces y sombras; sus subidas y sus descensos, pero siempre la vida. A ello debemos aferrarnos, aunque en ese aferrarnos nos duela el alma muchas veces. Pero es siempre la vida, con grises y con sol destellante. Pero lamentablemente la rtealidad nos muestra que para muchos compatriotas esto es a veces pedir demasiado.

No hay soluciones mágicas ni salidas fáciles.

Los médicos no tienen la receta: el riesgo de suicidios entre esos profesionales duplica al de la población general.

La sabiduría de los mayores no indica la salida: las autoeliminaciones son más frecuentes después de los sesenta años.

Tampoco la sed vital de la juventud es salvaguarda: junto a los veteranos, los jóvenes son el otro grupo etario de mayor riesgo.

Y no, los medios de comunicación tampoco podemos dar remedio a esta epidemia alarmante de uruguayos que se privan de la vida. Pero sí podemos y debemos decir bien las cosas, recomendar la empatía como prevención y repetir, una y otra vez, los mismos números: 0800 0767 o *0767. Esos son los teléfonos a los que pueden llamar las personas que sienten que están en riesgo. Es un servicio de ASSE, se llama Línea Vida y funciona las 24 horas, todos los días del año… como la dosis imprescindible de esperanza.

Con aporte de En Perspectiva.

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