Las fronteras, no separan, unen, pero son los hombres los que deben integrarse.

Siempre hemos tratado de  establecer los antecedentes válidos para pensar que Sudamérica quiere unirse, quiere integrarse, salvando todos los elementos propios de sus historias particulares y de su geografía diferente.  Los caminos todos pueden ser válidos, si es que buscan terminar en el mismo fin. Pero seamos conscientes, que no se integran los documentos, se integran los hombres que los firman; no se integran las máquinas, se integran los que operan esas máquinas; no se integran las tierras ni los ríos, se integran los hombres que los habitan.

Por lo expuesto el elemento fundamental para una integración real es, EL HOMBRE.

No habrá integración factible si el hombre no la quiere, si no la desea, si no la anhela, si no la encuentra necesaria, si no está visceralmente convencido que ello le llevará a un futuro mejor.

Hay muchas promesas incumplidas, hay muchos acuerdos desatendidos, hay muchas circunstancias adoptadas por el sólo compromiso político que no han sido nada más que meros productos de mentes de pensamientos casi sin fundamentos y que no han hecho sino despertar vanamente expectativas en la gente.

Por ello es que cuando se hable de INTEGRACION, debe de haber un sustrato de trabajo, de realizaciones, de ejecuciones, de hechos, de concreciones materiales que dinamicen la institucionalización de la integración como forma de vida de dos pueblos.

En el mismo sentido, tenemos que buscar el ambiente geográfico donde puedan darse estas condiciones de amalgama social. Y esos lugares son las fronteras.

Podremos esbozar muchas cosas contrarias a las experiencias con las fronteras. Ya lo hemos vivido desde nuestros principios como pueblos independientes y constitucionales. Es lugar de roce, es lugar de conflictos, es lugar de quiebre de leyes y reglamentaciones. Una frontera es mucho más en esa lista de cosas negativas… si es que buscásemos exclusivamente las cosas negativas.

Nos gustaría enfrentar el asunto de la frontera como lo que realmente es: el punto de contacto entre dos naciones. Es el sitio donde se miran las caras a través de una línea divisoria, las gentes que políticamente se dicen ser de una u otra de las naciones, pero que tienen – en la mayoría de los ejemplos – un trasfondo común en sus historias, en sus formas de vida, en la explotación de los recursos naturales, en los mismos problemas climáticos. Ambos tienen que abandonar sus hogares cuando el río crece; ambos pasan hambre cuando la pesca no es buena; ambos tienen frío en los inviernos crudos; ambos afrontan los peligros de los contrabandistas y malvivientes.

Una frontera es – por el sólo hecho de reconocer que es un punto de contacto – un posible sector de influencia social y cultural; es el aprovechamiento de un mismo río; es pensar juntos cómo se traspasa la línea política impuesta para aumentar el comercio y engrandecer la industria; es pensar cómo se pueden tender puentes de cuerda, de madera, de acero o de cemento…. puentes que permitan ahondar en el deseo entrañable del hombre de «ver que hay más allá«.

No obstante todo, aquel concepto que se maneje sobre «integración» deberá tener en cuenta el diseño político de cada país, donde las fronteras son, más que delimitadores de soberanías, las cruentas líneas imaginarias que pretenden que a ambos lados las vidas de los habitantes serán, como por arte de magia, diferentes, de acuerdo al lado en que se desarrollen.

No es un concepto que debe dejarse de lado o desconocerse, porque las realidades políticas están demarcando esta composición geográfica, este rompecabezas con piezas que ajustan hasta formar un territorio aparentemente homogéneo, si lo mirásemos hoy desde un moderno satélite.

Frontera es un límite impuesto por un concepto que procede a separar políticamente dos territorios. Pero si así pensamos, nos alejamos del concepto real de integración.

Deseamos imaginarnos a la frontera como el contacto físico entre dos naciones. Un contacto físico que -como sucede en la vida real- nos permite una íntima y estrecha interrelación entre quienes estamos tocándonos. Un contacto físico que – como en el caso de los animales- lo buscamos como necesidad de calor y de afecto. Un contacto físico que inevitablemente produce en algunos puntos, un fenómeno de ósmosis económica y cultural.

La frontera entre dos naciones no debe ser un fortuito ejemplo de geografía. No debe ser un río, una cadena montañosa o una simple línea inventada en los mapas. La frontera debe entenderse como lo que realmente es: una intangible barrera que no impide ese gigantesco fenómeno de interacción social, cultural y económica entre los países que por ella se tocan.

Y he aquí el concepto esencial, desde nuestro punto de vista: las fronteras no separan, sino que unen.

El desarrollo desigual de Uruguay, la centralización económica y política y la falta de una integración efectiva con las provincias Argentinas con las cuales tenemos valores culturales y una historia común, son temas que forman parte de la entrevista realizada al profesor de ciencias sociales y sociólogo Mauricio Tubio de la Universidad Pública (UDELAR).

Autor Marcelo Boffano.

Deja un comentario