La pelea entre OPEP y Rusia, tiran el precio del petroleo al suelo.

La volatilidad extrema se apodera del mercado petrolero, con la cotización en caída libre. El crudo se deja este lunes casi la cuarta parte de su valor tras la ruptura el viernes pasado entre la Organización de Países Exportadores de Petroleo, (OPEP) y Rusia, en su intento de recortar la oferta, compensar el descenso de la demanda y contener así el descalabro de precios por el coronavirus.  Es el mayor colapso desde enero de 1991, en los estertores de la Guerra del Golfo. Detrás, además del temor a la epidemia, emerge un factor adicional: la posibilidad, cada vez más cercana, de un choque entre Arabia Saudí y Rusia, segundo y tercer máximos productores, lo que hundiría aún más unos precios ya de por sí deprimidos. El crudo se ha convertido, de la noche a la mañana, en el principal factor de incertidumbre para los mercados a escala global.

“Es increíble. El mercado se ha visto abrumado por una ola de ventas en la apertura”, apunta Andy Lipow, presidente de la consultora energética texana Lipow Oil. “Claramente, la OPEP y Rusia han sorprendido al mercado con una guerra de precios en busca de una mayor cuota de mercado”. Para observar una caída intradiaria de la envergadura de la de este lunes hay que remontarse a casi tres décadas atrás. Con todo, el mercado petrolero “tiene menos importancia en la economía mundial del que tenía en el pasado”, recuerda Paul Donovan, economista jefe del banco de inversión suizo UBS, que ve como primeras beneficiadas a las grandes empresas con procesos de producción muy dependientes del precio de la energía y no tanto a los consumidores finales, que no verán reducido el precio de los principales productos que componen su cesta de la compra. Al menos, no a corto plazo.

Los grandes fondos de inversión y el resto de popes del mercado tuvieron todo el fin de semana para pensar y sopesar opciones. Y la conclusión es clara: ven un panorama mucho peor del que atisbaban el viernes pasado, ya de por sí negativo. Al temor, bien fundamentado, por que la epidemia termine por hundir la demanda de crudo —según los cálculos de la consultora IHS Markit, caerá en el primer trimestre de 2020 a un ritmo incluso mayor que en los peores momentos de la Gran Recesión— se suma ahora el desacuerdo entre la segunda y tercera mayores potencias petroleras del planeta, Arabia Saudí y Rusia, respectivamente, para tratar de recortar los bombeos y drenar así el crudo sobrante en el mercado. Era la única opción posible para compensar el batacazo del consumo y, sin pacto, no hay contrapeso posible para unos precios en caída libre.

Ante la negativa de Rusia a aceptar la retirada de 1,5 millones barriles al día —una cifra gruesa: algo más de lo que consumen países como España o Italia—, Arabia Saudí ha optado por jugar a la contra. A lo largo del fin de semana, su petrolera estatal —Aramco, que también ostenta el cetro de mayor empresa cotizada del planeta— abrió la puerta a redoblar su producción en un movimiento contrario al propuesto originalmente y rechazado por el Kremlin. La acción prendería fuego en un mercado ya de por sí muy disputado, abriendo una batalla cruenta entre dos países que llevaban más de tres años remando en la misma dirección para tratar de hacer frente al dominio estadounidense. Pero en un giro de 180 grados tras el sorprendente y rotundo no ruso, ahora el objetivo de Riad pasa a ser la eliminación de competidores, con Moscú en el punto de mira. El Gobierno ruso, entretanto, ha dejado caer que movilizará dinero de su fondo de riqueza para aumentar el gasto presupuestario. Este lunes, día festivo en el país euroasiático, el entorno de Vladímir Putin insistía en que no pasa nada; que podría seguir a este nivel durante una década; que todo va “según lo previsto”. Es, además de una guerra de precios, una guerra de nervios.

El reino del desierto, líder de facto de la OPEP,   cuenta con una ventaja sobre el resto de países petroleros: incluso si el precio por barril cayese al citado entorno de los 20 dólares, su producción seguiría siendo rentable, algo que no pueden decir ni EE UU ni Rusia. Pero a los inversores la situación les recuerda demasiado a 2014, cuando los saudíes abrieron el grifo para tratar de expulsar a parte de los productores fracking de Texas y el botín obtenido fue mucho menor de lo esperado: quebraron muchas firmas dedicadas a la obtención de crudo por fracturación hidráulica, pero Washington acabó saliendo reforzado como primer productor mundial. En toda pugna de precios, a corto plazo solo ganan los países consumidores. A largo, nadie.

EFE.

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