La barbarie de los soldados de la ONU en Haití. Uruguay es el país cuyos soldados están implicados en la mayor cantidad de abusos sexuales.

Marie* tenía 14 años y acudía a una escuela cristiana cuando conoció a Miguel, un soldado brasileño destinado en Haití como casco azul de la ONU. Pronto inició una relación con él. Cuando le dijo que estaba embarazada de su hijo, Miguel le aseguró que la ayudaría con el niño, pero volvió a Brasil. Marie trató de comunicarse con él vía Facebook, pero nunca respondió.

Desgraciadamente la historia de Marie no es un caso aislado. En el verano de 2017 nuestro equipo de investigación realizó una encuesta a aproximadamente 2.500 haitianos sobre las experiencias de mujeres y niñas de comunidades en las que actuaban las misiones de estabilización. Entre todos los entrevistados, 265 ofrecieron testimonios acerca de embarazos por relaciones con personal militar de la ONU. Ese algo más del 10% mencionó las historias de estos niños, dignas de reseñar, como una realidad cotidiana.

Las narraciones revelan cómo niñas de tan solo 11 años fueron violadas y quedaron embarazadas por los cascos azules para ser “abandonadas en la más absoluta miseria”, como aseveró uno de los encuestados, teniendo que mantener solas a los hijos fruto de esa relación porque los padres eran repatriados en cuanto se conocía el embarazo. Como Marie, multitud de mujeres quedaron desamparadas a cargo de sus hijos en condiciones de extrema pobreza y desigualdad, la mayoría sin recibir ningún tipo de ayuda.

Una misión envuelta en polémica

La Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití (MINUSTAH), la operación más extensa desarrollada por la organización en el país caribeño (2004-2017), se inició originalmente con el propósito de colaborar con instituciones locales en un contexto de inestabilidad política dominada por el crimen organizado. El mandato fue prolongado debido a las catástrofes naturales: en 2010, Haití sufrió un terremoto y en 2016 padeció los arrasadores efectos del huracán Matthew, acontecimientos que aumentaron la inestabilidad política del país. Tras 13 años, MINUSTAH llegó a su fin en octubre de 2017, dando paso a la más modesta Misión de las Naciones Unidas de Apoyo a la Justicia en Haití (MINUJUSTH).

La asociación con el ausente padre extranjero y el nacimiento del niño fuera del matrimonio suelen resultar en una estigmatización y discriminación

MINUSTAH es una de las misiones más polémicas de la ONU. Se trata de un foco de innumerables acusaciones de explotación y abusos sexuales: no es poco el personal militar uniformado y no uniformado que ha sido relacionado con violaciones de los derechos humanos que incluyen explotación sexual, violaciones e incluso homicidios. (A lo largo del artículo emplearemos indistintamente los términos personal, cascos azules y pacificadores para referirnos a miembros extranjeros, tanto uniformados como no uniformados, asociados a MINUSTAH).

En lo que respecta a la salud pública, no existe ninguna duda (de hecho, la ONU lo ha reconocido oficialmente) acerca de la introducción accidental del cólera en Haití por parte de los cascos azules. Más de 800.000 habitantes del país han precisado atención médica y al menos 10.000 han fallecido a causa de la enfermedad.

Numerosos medios han desvelado que miembros del personal de la ONU ofrecían alimentos y pequeñas cantidades de dinero a chicas menores de edad a cambio de mantener relaciones sexuales. Además, se apuntó a la relación entre MINUSTAH y un grupo secreto que llevó a cabo todo tipo de abusos sexuales con aparente impunidad: presuntamente, al menos 134 cascos azules procedentes de Sri Lanka explotaron sexualmente a nueve niñas desde 2004 a 2007. Tras conocerse estos hechos en 2017 gracias a la labor de Associated Press, MINUSTAH se convirtió en el paradigma de la falta de contundencia ante acusaciones de abusos sexuales. Como consecuencia de este reportaje, 114 cascos azules fueron obligados a volver a Sri Lanka, pero ninguno fue acusado ni juzgado tras la repatriación.

Estudios exhaustivos evidencian que los niños concebidos en situaciones de guerra suelen crecer en el seno de familias monoparentales que sufren unas condiciones económicas sumamente precarias provocadas por el conflicto. Las circunstancias de que el padre extranjero esté ausente y que el nacimiento del niño se produzca fuera del matrimonio desembocan normalmente en estigmatización y discriminación.

Todavía no disponemos de demasiados datos de las consecuencias de ser un niño mestizo de padre militar extranjero y menos aún conocemos las experiencias personales de los llamados pequeños MINUSTAH, niños haitianos cuyos padres son cascos azules. Esta es, precisamente, una de las razones por las que decidimos atraer el foco hacia las historias de las personas afectadas por las misiones ejecutadas por las Naciones Unidas.

Nuestro estudio

Las historias que desgranamos parten de las respuestas de los participantes a nuestras preguntas: queríamos que nos contaran cómo es ser una mujer o una niña en una comunidad convertida en el escenario de una misión de estabilización. Grabamos sus testimonios en audio. En ellos, las personas entrevistadas explicaron sus experiencias mediante un cuestionario predefinido, lo cual nos permitió comprender con mayor precisión las circunstancias y consecuencias de sus interacciones con los cascos azules.

Los participantes tenían total libertad para relatar cualquier historia sobre cualquier persona. Cabe destacar que en ningún momento se les instó a hablar sobre abusos sexuales o explotación. Los encargados de registrar las declaraciones en verano de 2017 fueron colaboradores haitianos entrenados para ello y los lugares elegidos fueron comunidades cercanas a 10 bases de la ONU.

Se preguntó aproximadamente a 2.500 haitianos acerca de las experiencias de las mujeres y niñas que viven en comunidades que albergaron misiones de paz. Se recogieron distintos testimonios, tanto positivos como negativos, pero 265 de las historias (un 10%) versaban sobre niños cuya paternidad correspondía a los cascos azules. Esto es especialmente reseñable porque el objetivo primario de las preguntas del estudio no era indagar sobre las relaciones sexuales entre las mujeres locales y el personal militar, ni giraba en torno a los niños concebidos a partir de esas relaciones.

Países de origen del personal de la ONU implicado en las historias de paternidad de niños en Haití.
Países de origen del personal de la ONU implicado en las historias de paternidad de niños en Haití.

Lo que sugiere la espontaneidad de las respuestas no es solo que los abusos sexuales y la explotación por parte de miembros de las fuerzas de paz de la ONU no son hechos aislados. Un entrevistado de Port-Salut aseguró: “Muchas chicas tienen hijos de los MINUSTAH”. Declaración refrendada por otro hombre de San Marcos, que nos contó que MINUSTAH «dejó muchos niños sin padres».

Algunas mujeres relataron en primera persona que habían dado a luz a niños nacidos de relaciones con personal de la ONU, mientras que otras revelaciones eran expuestas por miembros de sus familias, amigos o vecinos. Hasta donde alcanza nuestro conocimiento, estas historias constituyen la primera investigación empírica que pretende dar voz a las familias afectadas por la explotación y los abusos sexuales perpetrados por los cascos azules.

Sexo por un plato de comida

Varios de los encuentros entre mujeres y niñas haitianas y personal militar de la ONU fueron descritos como violencia sexual. Un hombre de Cité Soleil recordaba: «Todos los días escuchaba quejarse a mujeres por la violencia sexual que los MINUSTAH ejercían contra ellas. Además, les contagiaron el sida y algunas de ellas quedaron embarazadas».

No solo escuchamos historias de abusos sexuales a mujeres y niñas, sino también hombres y niños que sufrieron malos tratos similares por parte de los MINUSTAH. No obstante, las agresiones sexuales eran la nota discordante, pues las relaciones escondían un problema muy habitual en estos contextos, aunque con menos repercusión mediática que las violaciones: el intercambio de bienes o dinero por sexo con personal de la ONU.

Un hombre casado de Cité Soleil describió un patrón común por el cual las mujeres recibían pequeñas cantidades económicas a cambio de sexo: “Venían, dormían con ellas, se desfogaban, les dejaban con el niño en brazos y les daban 500 gourdes”.

En otros casos, los miembros de MINUSTAH daban comida a las mujeres, lo que da cuenta de las condiciones de extrema pobreza que propiciaban estos encuentros sexuales. Un hombre de Port-Salut lo atestiguaba así: “Tenían sexo con las chicas ya no por dinero, sino a cambio de alimentos, de un plato de comida”.

La evolución de las relaciones

Otra línea de investigación que ha recibido muy poca atención en informes previos es la evolución de las relaciones sexuales consensuadas entre miembros de MINUSTAH y las mujeres de Haití. En ocasiones, estas no eran más que relaciones esporádicas que derivaron en embarazos, como es el caso que relata un hombre de Port-Salut: «Mi hermana salía con un soldado de MINUSTAH y toda mi familia lo sabía, mi madre y todo el mundo. Pero luego se quedó embarazada y, desde entonces, la vida de mi hermana es un desastre».

Otras relaciones se caracterizaban por el cariño y el compromiso, como la de esta mujer: «Vivía en Cité Soleil y tenía una relación con un MINUSTAH en la que reinaba el amor. Al final, me quedé embarazada de él».

A lo largo de la investigación, descubrimos que las relaciones con militares blancos y tener hijos de piel blanca era, a veces, algo deseado. Una mujer de Léogâne reveló que existían “rumores” acerca de chicas que mantenían relaciones con los MINUSTAH y se quedaban embarazadas porque “querían tener unos niños preciosos”.

Independientemente de que la naturaleza de la relación fuera consensuada o transaccional, se pudieron apreciar ciertos patrones particulares en lo que se refiere a los lugares y a la manera en que se produjeron. Por ejemplo, era habitual que los encuentros sucedieran en la playa o en un hotel, tal y como desgrana una mujer de Cité Soleil sobre una amiga: “Solían ir a la playa y después a un hotel, el hombre blanco pagaba y practicaban sexo”.

También causa gran preocupación que muchas de las madres que dieron a luz y crían ahora niños fruto de sus relaciones con los cascos azules eran adolescentes y, por lo tanto, carecían de la edad mínima para dar su consentimiento a las relaciones sexuales. Una mujer de Cité Soleil nos contó: «Por aquí se ve a chicas de 12 y 13 años a las que los MINUSTAH embarazaron y abandonaron en la pobreza con niños a su cargo. Hablamos de personas cuya vida ya era estresante y desgraciada de por sí».

Desamparo

La mayoría de historias indica que, tras conocerse los embarazos, el personal de MINUSTAH era repatriado por la ONU a sus países de origen. Una mujer de Port-Salut nos explicó: «Una de mis hermanas tuvo un hijo con un MINUSTAH. Lo hizo porque lo conoció y se enamoró de él. El soldado la cuidaba, pero lo repatriaron y dejó de mandarle cosas, ya sabe».

Un hombre de Hincha relató una experiencia parecida que tuvo una chica a la cual conocía: “Se quedó embarazada de un MINUSTAH. (…) Lo trasladaron, dejó su puesto y nunca lo volvieron a ver”.

Tras la partida de los cascos azules que habían sido o iban a ser padres, muchas mujeres jóvenes se vieron solas con el deber de criar a un hijo en condiciones de pobreza extrema. Algunas tuvieron suerte y conatron con la ayuda de sus familias, pero eran excepciones.

En prácticamente todos los casos el acceso a la educación estaba fuera del alcance de la madre o la familia, como lamenta una mujer de Port-Salut: «Empecé a hablar con él, me dijo que me quería y yo acepté salir con él. Tres meses después, estaba embarazada, pero en septiembre lo mandaron de vuelta a su país. El niño está creciendo y mi familia me está ayudando lo que puede con él. Tengo que volver a escolarizarlo, ya que lo echaron porque yo no podía pagar su educación».

Un hombre de Cabo Haitiano comentaba: «Los soldados destrozaron el futuro de estas chicas al dejarlas embarazadas para luego abandonarlas. Este comportamiento puede acarrear consecuencias negativas para la sociedad y el país en general, ya que estas jóvenes podrían haberse convertido en abogadas, médicas o en cualquier cosa que pudiera haber servido de ayuda a Haití el día de mañana. Ahora podemos ver a muchas vagando por las calles o por el mercadillo con un cesto en la cabeza y vendiendo naranjas, pimientos y más cosas para poder criar a los hijos que tuvieron con los soldados de MINUSTAH».

En algunos casos extremos, aunque pocos, los miembros de la comunidad afirmaron que las mujeres y niñas desamparadas no tuvieron otra opción que verse envueltas en más relaciones sexuales con cascos azules para alimentar a los niños nacidos de los encuentros previos con los MINUSTAH. Un hombre de Puerto Príncipe relata un ejemplo: «La dejó tirada en la pobreza porque cuando tenía sexo con ella era a cambio de muy poco dinero. Ahora que la misión termina, él se va y ella se hunde en la miseria y se ve obligada a repetir el mismo proceso para dar de comer a su hijo, ¿se da cuenta?»

Las historias que recopilamos estaban plagadas de peticiones de ayuda dirigidas a MINUSTAH y a las autoridades haitianas. Un hombre de Port-Salut deja clara su demanda: «Me gustaría pedir a los encargados de MINUSTAH que asumieran las responsabilidades en lo que respecta a los hijos de los miembros de la misión. Hacemos lo que podemos, pero no son condiciones en las que criar a un niño».

Poder y explotación

Nuestra investigación pone de manifiesto lo que gran parte de la literatura académica da a entender sobre las economías objeto de las misiones estabilizadoras: la pobreza es un factor subyacente clave para los abusos sexuales y la explotación consumados por las fuerzas pacificadoras.

En numerosos casos, la diferencia de poder existente entre los cascos azules extranjeros y las poblaciones locales permite a los primeros explotar a las mujeres y niñas que forman parte de las segundas, ya sea de manera consciente o inconsciente.

El predominio de las relaciones sexuales con un componente comercial en los datos recopilados evidencia la envergadura de las desigualdades estructurales, materializado en el acceso del personal de la ONU a recursos que la población local necesita o anhela, por lo que se encuentran en una posición ventajosa para intercambiar dicho objeto de deseo por sexo.

Si bien gran parte de las historias plasmadas en los párrafos anteriores fueron recogidas en Port-Salut y Cité Soleil, los relatos no diferían demasiado entre los diferentes puntos de Haití, amén de que el fenómeno descrito no se ha producido únicamente en el país caribeño. De hecho, el trabajo que realizamos previamente en la República Democrática del Congo nos muestra una situación similar.

Dentro de su política de tolerancia cero, la ONU reconoce la existencia de desigualdades socioeconómicas y de poder que poseen el potencial para propiciar “relaciones íntimas” entre los pacificadores y las mujeres locales en un marco de explotación.

Básicamente, la ONU prohíbe prácticamente todas las relaciones sexuales entre el personal de las misiones y las mujeres de los lugares en los que se llevan a cabo las operaciones. La información recopilada por nuestro equipo, además de señalar que dicha prohibición absoluta es ineficaz, indica que es necesario enfocar el asunto desde la formación personalizada de los miembros de la ONU, con el propósito de acabar de una vez por todas con la impunidad que aún hoy rodea la conducta inapropiada de los cascos azules.

Otro elemento fundamental se encuentra en la necesidad de disponer de un mayor número de mecanismos efectivos que permitan a las víctimas de explotaciones y abusos sexuales y a sus hijos (nacidos tanto de relaciones consensuadas como violaciones) el acceso a las ayudas. La aplicación de medidas en este sentido podría poner fin a la negativa espiral socioeconómica que mantiene a las víctimas (especialmente a los niños) atrapadas en circunstancias de acuciantes estrecheces económicas que no hacen sino perpetuar el ciclo de la pobreza.

Apoyo a los niños

En enero de 2018 el Bureau des Avocats Internationaux (BAI) haitiano presentó varias demandas de paternidad ante la justicia del país americano en representación de 10 niños cuyos padres son cascos azules. La intención del BAI no era otra que presionar a la ONU para asegurar la puesta en marcha de una ayuda económica para los menores.

Un año después, el BAI dirigió una carta abierta a la defensora de las Naciones Unidas de los Derechos de las Víctimas, Jane Connors, en la que dejaba patente su frustración al constatar la falta de sensibilidad e intención de cooperar por parte de la ONU, desinterés que hizo «prácticamente imposible» que sus clientes obtuvieran justicia.

Tras certificar la negativa de la ONU a facilitar los resultados de los análisis de ADN de las pruebas de paternidad a pesar de recibir órdenes explícitas por parte de un juzgado de Haití, la carta concluye observando que la ONU mandaba “un mensaje alarmante» debido a la «total ausencia de respeto» hacia el sistema judicial haitiano y el imperio de la ley.

La inacción de la ONU hace que surjan todo tipo de incógnitas alrededor de la retórica que la organización exhibe acerca de la defensa de la dignidad y los derechos las personas afectadas por la explotación y los abusos sexuales perpetrados por los cascos azules.

Además, pone en duda la efectividad de las intervenciones desarrolladas por la Oficina de las Naciones Unidas para la Defensa de los Derechos de las Víctimas, cuya función es abogar por los derechos de las víctimas y poner la lucha de la ONU contra la explotación y los abusos sexuales al servicio de sus demandas.

Recomendaciones

Los descubrimientos a los que nos ha conducido nuestra investigación nos permiten elaborar tres recomendaciones fundamentales.

La formación del personal de la ONU debe incluir un apartado de concienciación cultural que afiance el entendimiento de los efectos que las diferencias de poder pueden infligir en las frágiles economías de los países sometidos al proceso de estabilización. Asimismo, la instrucción debe hacer hincapié en el deseo percibido de tener un hijo con un pacificador, así como no debe olvidarse de las consecuencias socioeconómicas que sufren las mujeres en situación de vulnerabilidad tras ser abandonadas a cargo de un hijo concebido con personal de la ONU.
  1. La ONU debe cesar la repatriación de los individuos implicados en casos de explotación o abusos sexuales, ya que comporta consecuencias doblemente negativas. En primer lugar, impide que el presunto agresor sea juzgado de manera eficaz en un proceso que permita dirimir si la presunta conducta inapropiada fue tal. En segundo lugar, lo aleja de cualquier jurisdicción dentro de la cual la víctima, niño o madre, pudieran gozar de la oportunidad de obtener el apoyo económico necesario para garantizar que el concebido creciera en las condiciones apropiadas.
  2. El reciente nombramiento de la defensora de los Derechos de las Víctimas afectadas por la explotación y los abusos sexuales debe ir acompañado de una serie de medidas que permitan cortar de raíz algunas de las injusticias que tienen lugar a nivel estructural. Al mismo tiempo, debe actuar en representación de las víctimas y ejercer como un altavoz dentro de la ONU y en colaboración con los países objeto de la estabilización y con los países que colaboran enviando a sus tropas.

Muchas de las personas que participaron en las entrevistas expresaron sentimientos similares acerca de la necesidad de reconocimiento y ayuda a los niños haitianos hijos de cascos azules. Un hombre declaró: «Conozco a muchas mujeres y chicas jóvenes que tienen niños de los MINUSTAH a su cargo. Me gustaría que (la ONU) asumiera sus responsabilidades, que tomara la iniciativa y se reuniera con ellas para ayudarlas con sus hijos».

(*) Se han modificado los nombres con el fin de proteger el anonimato de las protagonistas.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Aquí puede leer la versión en inglés.

 es profesora de Historia Moderna en la Universidad de Birmingham y recibe fondos de AHRC, EU, SSHRC.

 es científica clínica en la Universidad de Queen’s, Ontario y recibe financiación de SSHRC, Elrha, Universidades de Canadá y del Grupo Iniciativa de Investigación sobre la Violencia Sexual del Banco Mundial.

Fuente: El País.- Madrid.-

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