Jared Kushner, el yerno de Trump, que todo lo hace mal.

Jared Kushner se ve a si mismo como Edmond Dantès, el protagonista de su novela preferida, El conde de Montecristo, un marino mercante que consigue hacerse rico y utiliza su fortuna para vengarse de todos los que le perjudicaron y le metieron en la cárcel. Pero el yernísimo de Donald Trump suele inspirar otro tipo de comparaciones entre sus detractores, que dan buena cuenta de su ojo para los parecidos razonables (y de cierta crueldad) en Twitter. Lo han comparado con un muñeco de ventrílocuo, con Jack Skeleton de Pesadilla antes de Navidad,  con Slenderman, con Pinocho y, por supuesto, con Tom Wambsgans, con el yerno  del patriarca de Sucession  y principal víctima del escarnio de toda la familia.

Jared recibió como regalo de graduación de su padre una publicación histórica, el ‘New York Observer’ y actuó como su editor durante una década hasta que el periódico cerró, tras haber echado a seis directores y haber intentado utilizarlo para publicar artículos contra sus enemigos

Los abuelos de Jared Kushner escaparon de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial y llegaron a Estados Unidos en 1949. Su padre, Charles Kushner, se hizo millonario como magnate inmobiliario en Nueva Jersey. Charles y sus tres hermanos crecieron allí, concretamente en Livingston. Charles Kushner terminó en la cárcel  por impago de impuestos, donaciones ilegales a campañas electorales y obstrucción a la justicia (contrató a una prostituta (  para que sedujese a su cuñado, que estaba cooperando con las autoridades) y de ahí, tal vez, le viene a su hijo la obsesión con la venganza de El conde de Montecristo, excepto que Dantès nace pobre y Jared ya llegó al mundo muy, pero que muy rico. Y lo seguirá siendo. En 2007, justo antes de que explotara la burbuja inmobiliaria,pagó casi dos millones de dólares  por un rascacielos situado en el número 666 de la Quinta Avenida, lo que expuso a su familia a la bancarrota y a firmar acuerdos con empresas chinas y cataríes que después le han pasado factura política.

Como señaló la columnista Arwa Mahdawi en  The Guardian, Kushner desafía el principio de Peter, según el cual en una organización jerárquica todos los empleados ascienden hasta que alcanzan el nivel de su incompetencia. El yerno de Trump ha llegado a su actual posición, como el asesor más influyente del presidente de Estados Unidos, habiendo fallado en casi todos sus cometidos anteriores. En enero de este año presentó el proyecto por el que seguramente le gustaría pasar a la historia, el plan de paz para Oriente Medio, que abordó con característica fanfarronería pidiendo a sus asesores que “no le hablasen de historia” (total, para qué) y sin hablar con una de las partes implicadas, Palestina, a cuyos negociadores se refirió en una ocasión como “estúpidos e histéricos”.

“Mis expectativas eran bajas, pero está claro que no lo suficiente. Aparte del hecho de que parece el prospecto de un proyecto redactado en dos días por un becario, literalmente ni uno de los puntos propuestos es viable. Esto es como si Monty Python  hicieran un sketch sobre una iniciativa de paz entre Israel y Palestina”, declaró Michael Koplow, del Israel Policy Forum. Un antiguo embajador en Israel bajo el mandato de George W. Bush tuiteó que daría al plan un “suficiente bajo” si lo hubiera firmado un estudiante.

Cuando se graduó de Harvard en 2007, Jared recibió como regalo de graduación de su padre una publicación histórica, el periódico New York Observer, y actuó como su editor durante una década hasta que el periódico cerró, tras haber echado a seis directores y haber intentado utilizarlo para publicar artículos contra sus enemigos.

“Kushner ha hecho bien exactamente tres cosas en su vida. Nació con los padres correctos, se casó bien y aprendió a influir en su suegro. Todos sus otros esfuerzos han sido fracasos”, resumía Michelle Goldberg en una columna en  The New York Times que cambió misteriosamente de titular. Cuando se publicó se titulaba “Jared Kushner va a llevarnos a todos a la muerte” y después se cambió por el más suave: “Poner a Jared Kushner al mando es una locura absoluta”.

El jefe del comité en la sombra para la crisis del coronavirus, para empezar, se salta sus propias recomendaciones. Se ha sabido que Ivanka Trump y Kushner viajaron de Washington al club de golf Bedminster, propiedad de su padre, en Nueva Jersey, uno de los Estados más castigados por la pandemia, pasa pasar la Pascua Judía. El matrimonio lo ha admitido y ha argumentado que allí tenían más posibilidades de practicar la distancia social que en su mansión de la capital, donde son vecinos de los Obama y de Jeff Bezos.

Dentro de la Casa Blanca,   el yerno-del-jefe también tiene enemigos. Al parecer, los veteranos de FEMA, la agencia de gestión de emergencias estadounidense, han bautizado a Kushner y sus colegas como “la pandilla del traje entallado” porque todos tienden a llevar americanas y pantalones de corte estrecho. Son los autoproclamados “disruptores”, fundadores de fondos de inversión y consultores de McKinsey que Kushner se ha ido encontrando por la vida, algunos compañeros de colegio mayor en Harvard, y se los ha llevado a la Administración, donde han formado su propia “fiesta de la fraternidad”, según le dijo un alto cargo de la Casa Blanca también a The New York Times.

Pero no todo el mundo considera a Jared Kushner un “supervillano”, como lo definió su excompañera de curso en Harvard,  Natalie Portman.  Su mujer lo adora. En un perfil en Vogue en 2015 Ivanka hizo un comentario sobre su marido que hoy suena profético: “Jared es increíblemente relajado y calmado. El mundo puede estar derrumbándose a su alrededor y nada le afecta”. Cinco años más tarde, el mundo se derrumba por el coronavirus y Kushner es una de las personas al mando en el país con mayor número de infectados ¿Qué podría salir mal?

Deja un comentario