Hitler, se suicidó?…

«¿Hitler, incinerado?». Desde finales de abril de abril de 1945 se sucedían mil y un rumores sobre qué podía haber sido de Adolf Hitler.  La radio de Hamburgo había informado el 1 de mayo de la muerte del Führer, afirmado falsamente que había «caído en su puesto de mando de la Cancillería del Reich, luchando hasta el último aliento», pero nada se sabía sobre el paradero de su cadáver y los rumores, alimentados por Moscú, decían que seguía vivo, bajo la protección de Occidente.

Ante la inminente entrada de las tropas rusas en Berlín y tras conocer el ignominioso final de Benito Mussolini y de su amante Clara Petacci, cuyos cadáveres habían sido colgados de los pies en Milán para que la multitud se ensañara con ellos, Hitler y Eva Braun se habían casado en el búnker y horas después se habían encerrado en su habitación, donde se suicidaron. Braun ingirió un veneno y Hitler se disparó en la cabeza mientras masticaba una pastilla de cianuro. Eran las 15,30 horas del 30 de abril. El día anterior, Hitler había ordenado a su chófer que dispusiera 180 litros de gasolina en el jardín de la Cancillería para carbonizar sus cuerpos y había dictado su testamento a su secretaria Traudl Junge.

Fotografía de Hitler muerto realizada por su médico personal
Fotografía de Hitler muerto realizada por su médico personal

Pero solo unos pocos habían sido testigos de las últimas horas del infame que había llevado al mundo a la Segunda Guerra Mundial y al Holocausto. Y de éstos, algunos se quitaron la vida en la misma residencia, como su ministro de Propaganda Joseph Goebbels, que envenenó a sus hijos, mató de un balazo a su mujer y se disparó un tiro, o los generales Hans Krebs y Wilhem Burgdorf. Y otros, como el consejero diplomático Walther Hewell, los coroneles Schaedle y Stumpfegger o su lugarteniente Martin Bormann, seguirían sus pasos poco después.

El historiador británico Hugh Trevor-Roper fue enviado a Alemania para investigar la muerte del dictador nazi y, tras recabar numerosos testimonios, contó la historia en 1947, en su libro «Los últimos días de Hitler». Pero en septiembre de 1945, aún existían numerosas dudas sobre si había muerto o no en Berlín (para algunos, aún las hay).

Fotografía hecha por un fotógrafo soviético en la que están, al parecer, los restos de Hitler
Fotografía hecha por un fotógrafo soviético en la que están, al parecer, los restos de Hitler

En la información que publicó este periódico el día 25, que citaba una fuente alemana, se decía que un amigo personal de Bormann (secretario privado de Hitler) se hallaba en la cancillería berlinesa en el momento de inspeccionar éste la incineración de los cadáveres de Hitler y Eva Braun. «Cuando Bormann fue visto por última vez por su amigo, llevaba consigo el testamento de Hitler», aseguraba.

«La huida de Bormann con tal testamento, que puede contener «dinamita política», explica el porqué de figurar Bormann -de cuya detención no se tiene noticia, por lo menos oficial— a la cabeza de la lista de criminales de guerra que han de ser juzgados en Nüremberg,  destacaba la nota que firmaba la agencia Efe, que desconocía entonces que Bormann se había suicidado con cianuro el 1 o 2 de mayo.

Tres meses después, el jefe del Tercer Ejército estadounidense, el general Lucian Truscott, anunciaba que el Servicio de Contraespionaje británico, en colaboración con los norteamericanos, había descubierto el testamento de Hitler en una casa de campo situada en Tegernsee, a orillas del lago del mismo nombre, a unos 50 kilómetros de Munich y muy próxima a la residencia de Truscott. Aquellos cuatro documentos separados constituían, según la información, «una prueba decisiva de la muerte de Hitler».

«Mi esposa y yo hemos escogido la muerte»

«Es mi deseo que Eva Braun, que se casó conmigo al prestarse voluntaria a compartir mi suerte en el Berlín sitiado, sea cremada inmediatamente, en el lugar donde he realizado la mayor parte de mi trabajo durante mis doce años de servicio a mi pueblo. Mi esposa y yo hemos escogido la muerte para escapar a la desgracia de ser obligados a ceder o a rendirnos», decía Hitler en este testamento político, que llevaba fecha del 29 de abril de 1945 y en el que firmaban como testigos Josef Goebbels, ministro de Propaganda; Martin Bormann, adjunto de Hitler; Hans Ebers, adjunto de Himmler en Checoslovaquia, y Wilhelm Bergdorf.

Entre los documentos figuraba también el contrato matrimonial original de Hitler y Eva Braun, en el que figuraban como testigos Bormann y Goebbels, así como otro testamento particular, por el que disponía de su fortuna personal y en el que aparecían como testigos Bormann y Nicolaus von Below, ayudante del anterior.

Junto al testamento se habían encontrado tres fotografías, dos de Eva Braun y una de un niño de unos 12 años sin identificar, así como un salvoconducto expedido en 16 de mayo de 1945 por el alcalde de Seingeck, a nombre de Friedrich-Wilhelm Paustin, ayudante de Bormann. El Servicio de Contraespionaje británico había seguido la pista de Paustin hasta Tegernsee y al registrar la casa, había hallado una maleta con «los documentos que habían sido objeto de búsqueda mundial».

En su testamento político, Hitler expulsaba del partido y les despojaba de todos sus derechos al mariscal de campo Hermann Goering y al jefe de las SS y ministro del Interior Heinrich Himmler por haber «arrojado una vergüenza irreparable sobre el pueblo y la nación alemanes al negociar secretamente con el enemigo» y nombraba un nuevo Gobierno para que continuara la guerra «con todos los medios», designando al almirante Doenitz como su sucesor y a Bormann como su albacea testamentario.

En su delirio, aún antes de morir, cargaba la culpa de la guerra sobre «Inglaterra y la judería internacional» y pedía a los alemanes que mantuvieran «las leyes raciales hasta el límite», y que resistieran «sin piedad al envenenador de todas las naciones, el judaísmo internacional».

El Servicio de Investigación británico publicó en los primeros días de 1946 el contenido del documento que Goebbels escribió antes de acabar con su vida y la de su familia y los rusos informaron de que habían encontrado su cadáver en el edificio de la Cancillería del Reich. Pero Moscú mantuvo en silencio el hallazgo de los restos de Hitler porque a Stalin le convenían las especulaciones que lo situaban en Occidente o en Sudamérica. Según cuenta el historiador Antony Beevor, «la estrategia de Stalin consistía en asociar a Occidente con el nazismo al hacer ver que los británicos o los estadounidenses estaban escondiendo al dirigente nazi».

Hasta los años noventa no se conoció que los rusos se habían llevado parte de la mandíbula y del cráneo de Hitler en una caja de puros. Un estudio llevado a cabo por un grupo de investigadores franceses y publicado en la revista «European Journal of Internal Medicine» concluyó en 2018 que los dientes conservados en Moscú eran «auténticos». «No hay duda posible», aseguró Philippe Charlier, coautor de la investigación, convencido de que su estudio  prueba que Hitler murió en 1945.

Al testamento de Hitler, a los testimonios que se fueron conociendo de sus secretarias y ayudantes, que coincidían en que vieron muertos a Hitler y a Eva Braun, y a las investigaciones de historiadores como los citados Trevor-Roper y Beevor, Ian Kershaw o Joachim Fest (autor de la obra en la que se basó la película «El hundimiento»), se sumaron así las pruebas científicas de Charlier y sus colaboradores, que ponían freno a las teorías de la conspiración sobre la muerte del dictador. Aunque  haya quien se resista a creerlo.

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