En América latina nos vigilan a través de internet.

Renata Ávila lleva toda su vida luchando por los derechos civiles. Formó parte del equipo defensor de la líder indígena Rigoberta Menchú en su Guatemala natal. Años después trabajó con Baltasar Garzón en la defensa de Julian Assange. Dos casos de relevancia global. No ganó ninguno de ellos. Y es que, como ella misma explica, tiene predilección por las causas perdidas. Actualmente dirige la ONG Ciudadanía Inteligente, con sede en Santiago de Chile.

En 2010 la mayoría aún entrábamos en internet desde un PC y usando un navegador que nos daba acceso a infinidad de sitios web. Fue la época dorada de Wikipedia y los blogueros. Surgió un periodismo ciudadano potente que denunció la corrupción. Pero en la última década los teléfonos móviles con acceso a internet han acabado con esto. Conectarse mediante apps en vez de con navegadores web reduce la apertura, limita infinitamente la variedad de nuestra dieta informativa y nos hace mucho más pasivos. El consumo se vuelve más adictivo, mucho más intrusivo y, lo más peligroso, hiperpersonalizado. Las apps hacen que aunque vivamos en el mismo país, la misma ciudad y hasta la misma casa, se nos muestren universos distintos.¿

Los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) tienen hoy un descomunal poder político. Por primera vez en la historia tienen una capacidad global de alterar, maximizar o silenciar cuestiones de la esfera pública. Según una encuesta reciente, el 85% de los argentinos accede a las noticias vía Facebook. Filtrar las noticias a un país entero es un poder político descomunal.   Los tratados de comercio internacionales de los últimos 20 años hacen prácticamente imposible poner freno a estos imperios. Intentar tomar medidas contra ellos puede llevar al país entero a entrar en un conflicto internacional con represalias en términos de aranceles, como estamos viendo con Trump. A esto hay que sumar la imposibilidad de combatirlos judicialmente. Estos gigantes tecnológicos no tienen oficinas en la gran mayoría de países del mundo, y donde las tienen son cascarones, por lo que hay que ir a litigar a California, donde nunca vas a ganar.

Creo que no se van a limitar a sacar todos los datos que puedan y ganar todo el dinero posible. Tienen ambiciones políticas y quieren moldear el mundo. La tecnología es hoy política y eso es algo que no podemos obviar. Los imperios de antes dominaban territorios, los nuevos dominan mentes. Por eso ahora les espera una nueva batalla. La mitad de la humanidad ya está conectada. Los gigantes de Silicon Valley y sus homólogos chinos van a competir por llegar a la otra mitad. EE UU y China necesitan los datos de los pobres para dominar el mundo. Cuanto más se conecten, más vigilados estarán y más se va a precarizar su trabajo. Los países donde viven carecen de todo tipo de regulación.

Hay acciones de resistencia, pero la ciudadanía necesita el apoyo de los Estados. Hace falta una soberanía digital, que no debemos confundir con nacionalismo. Los Estados deben mantener el control de las infraestructuras digitales clave. Hay que fortalecer las capacidades locales para que los Estados tengan las herramientas tecnológicas necesarias para garantizar la calidad de vida de sus ciudadanos y el respeto a los derechos de estos. Se necesitan regulaciones mucho más duras que la RGPD (Reglamento General de Protección de Datos). Europa aún cree que va a alcanzar a EE UU y a China en la carrera tecnológica, pero este tren ya lo ha perdido, debe apostar por respuestas transversales colaborando con América Latina y África.

La brecha en mi continente es abismal. Es digital, económica, geográfica y política. Está despojando a los ciudadanos de sus derechos más básicos. En las últimas elecciones en Guatemala se informaba mediante una app de dónde debías votar. ¿Qué ocurre con los que no tienen teléfono o no pueden pagarse un plan de datos? En México, los avales de los candidatos se recogían solo por internet, lo que dejó fuera de la carrera electoral a los candidatos indígenas. En Chile, los inmigrantes no pueden tener acceso a los papeles para regularizar su situación porque los formularios solo están disponibles online. Multitud de idiomas indígenas desparecerán en el continente porque no existen en el mundo digital. Sus hablantes quedarán silenciados. Hay una población especialmente vulnerable que ha sido tradicionalmente excluida. Estamos peleando para que no se conecte a los pobres a un internet de los pobres.

En América Latina, el lugar más tecnificado es el barrio más humilde. En lugar de dar a sus habitantes herramientas de educación y desarrollo, se les vigila. El sector privado y el público invierten para controlar a los más vulnerables. Cámaras para identificar, dispositivos y apps para saber lo que hacen. Tecnología para monitorizar a los pobres. Ese es el tipo de conexión que quieren darles.

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